ABUELO LADRÓN

Mi abuelo era un ladrón:
Le robó la voz a mi abuela a base de golpes.
Le robó la voluntad a mi tía tratándola como si fuera retrasada, perdón, minusválida, perdón, como si tuviera diversidad funcional.
Le robó a su hermana su bebé. Mi abuelo, en realidad, no es mi abuelo.
Le robó a mi madre, perdón, a su sobrina, la autoestima, la confianza y la sensación de valía a base de insultos, castigos, miradas fosilizantes y silencios. Y, cuando eso no funcionaba, le rompía los dibujos y los lapiceros. Mi madre quería ser artista. Luego le dio por ser madre.
A mí también me robó. En lugar de madre, me dejó una cáscara de piel que durante nueve meses gestó una vaina sujeta por una hebra tan débil como la seguridad que tengo en mí misma. Dicen que lloró cuando se enteró de que estaba encinta. Yo nunca la he visto llorar.
¿Le robaría algo a mi padre?
Entre todos los damnificados me robaron la oportunidad de ver al abuelo muerto. Que era muy pequeña para eso. Que no debía tener ese recuerdo: verlo pálido y seco, como un muñeco de cera en su cajita de regalo. Una caja de madera, grande y reluciente que acabaría hecha ceniza después de arder en el infierno.

Publicado en la rompedora