No podía dejar mi cuerpo así. Era necesario honrar la muerte, erigir un altar. Pero en aquella isla volcánica apenas crecían flores. El aire seco del continente traía más arena de la que la isla podía contener. Si me iba y lo dejaba así, desnudo, con los labios despegados, la boca se me llenaría de tierra en lugar de larvas. Por eso, tras ojear desde el porche el jardín desierto, sin tapia, porque es el océano el que me separa de la vida, volví a entrar en casa de la abuela.
Mi corazón inerte había congelado el latido del sol en ese instante que los fotógrafos llaman la hora de las brujas. Se quedó ahí, plantado en mitad del horizonte, para ser testigo de la ausencia. Desde dentro, a pesar de los cristales sucios, su luz mortecina hacía brillar las motas de polvo que, suspendidas por un momento, iban a parar luego sobre los marcos de fotos dados la vuelta. Los menos afortunados, aquellos no habían sobrevivido a mi último acceso de ira, estaban en el suelo rodeados de cristales hechos añicos. Podía oírlos estallar a fuerza de tanto silencio. Hasta el ruido se había llevado mi latido ausente. En la casa tampoco había flores, ni siquiera en la entrada. Estaba empezando a olvidar cosas, como que nunca me gustó aquello que sabe a muerte; que se marchita, se pudre, que deja pistas sobre la decadencia. Supongo que, por eso, me llevaba tan mal con la comida, y ahora no soy más que un puñado de huesos ensamblados con un pellejo de piel mojada que los recubre.
Entonces pensé que, si no podía hacerme una corona de flores, me haría una de frutas. Entré en la cocina sin puerta. Allí también caía del techo polvo que, como puntos suspensivos, dejaba todas mis ideas sin final. Nada había que pudiera poblar mi pelo mojado y pegado a las sienes. Solo encontré medio limón, arrugado como mis yemas, que empezaba a llenarse de moho. Las tres únicas pepitas de su interior habían salido volando cuando le clavé las uñas de marfil en la piel. Por eso ahora mis manos huelen a hierro ácido. No pude coger aquel limón huérfano, pero tampoco habría servido de mucho. ¿Qué hice con él? No lo recuerdo. ¿Lo metí en una copa de balón? Ya no bebía ginebra, solo vino. Lo sé por las botellas que descansan en la encimera: godello, rueda, verdejo. Me daba igual entonces y da igual ahora.
Sin flores ni frutas no hay altar. Pero quizá podía ponerme alguna joya. Subí las escaleras en busca de las perlas de la abuela. Los escalones no dijeron nada; no crujía nada en esa casa ya. Me pregunté si alguien oiría mis huesos partirse si me cayera por la escalera. Pero las flores no hacen ruido cuando se mueren. Al entrar en el cuarto sin puerta y ver los cajones de la cómoda abiertos, revueltos, vomitando las prendas que detestaba cómo caían sobre mi cuerpo marmóreo, recordé que había vendido todas las joyas que me dejó en herencia la abuela. Por eso la bombilla cuelga desnuda del techo, en suspensión como el polvo, como la arena de esta isla que me separa de la vida. Empecé a despedazar la casa para sacar algo de dinero, porque mi cuerpo me daba tanto asco que no creía a nadie capaz de pagar por él. Pero nunca lo sabré, porque nunca lo intenté. En cambio, ahora sigo aquí, intentando cubrir mi cabeza marchita con una corona que se pudra conmigo, aunque no hay nada más que arena y polvo para enterrar la última y más espantosa decisión que tomé.
Pensé en volver al jardín desierto y buscar a algún vecino para que me ayudase a enterrarme, pero antes tenía que volver a verme. El cuerpo, mi cuerpo, que ya empezaba a colorearse de azul, parecía flotar en la bañera, pero solo los huesos de perro flotan. Las muñecas abiertas se habían vaciado ya por completo, y el agua había adquirido ese mismo tono rojizo que tienen las playas de esta isla sin flores. Como un volcán seco, la boca abierta se iba llenando de polvo, ceniza, arena y moho. Quise cerrar los labios, mis labios, pero mis uñas postizas ya no servían. Había que hacerme un altar, dar sepultura al cuerpo, si quería salir de la isla, pero las flores, una vez muertas, no dan fruto ya.
PUBLICADO EN EL Nº52 DE FÁBULA

















